Estoy preparado. No me va a pasar nada aunque hoy salga el diablo. Con dos palos de helado mi padre me ha hecho una cruz de madera y no me cojerá. Los ha atado con el mismo hilo con el que mi abuela hace las colchas de ganchillo que es muy fuerte. Una de las maderas está manchada aún de chocolate pero supongo que sirve igual.
Ahora voy andando por la calle empedrada a la casa de mi amigo Feli, y antes de llegar a la puerta, él ya ha salido y me hace señas con la mano mientras baja la cuesta corriendo.
Cuando llega a mi lado veo que su cruz es mucho mejor que la mía, es de metal, y además se puede colgar del cuello. Pero bueno, lo que importa es que llevo una como dice mi abuelo. Mientras vamos a recoger a mi primo Juan, me cuenta que el año pasado, el diablo se plantó en medio de la calle y se lió a escobazos incluso con las personas mayores y que unos niños, ya grandes, de catorce o quince, sacaron de una casa una cruz enorme, de esas que se llevan en las procesiones, y el diablo en cuanto la vio salió corriendo dando saltos como un loco.
Entramos al zaguán de la casa de mi primo, como el resto de casas del pueblo las puertas nunca se cierran, y desde el umbral vamos gritando Juanito, Juanitooo. ... Sale dando un salto y detrás de él su madre que nos dice vamos muy guapos. La de mi primo es muy grande y se la han hecho con dos ramas, y también con cordel para el colgársela al cuello.
Estoy a un tris de volver a casa de mis abuelos porque en comparación de las otras, mi cruz es una birria, y cuando nos encontremos con el demonio se va a reír de ella. Al menos podrían ponerme otro hilo para que me sirva de colgante. Pero es ya demasiado tarde y nos encaminamos a la Iglesia de San Bartolomé porque de allí es de donde sale el diablo. Pasamos por la calle Necia, ¡vaya nombre para una calle!, y en su sinuoso recorrido salen más niños con cruces estupendas. Subo con mis amigos la Ladera del Correo, que baja hasta la calle Alcantarilla en una cuesta empinadísima. Pienso que si al diablo se le ocurre pasar por aquí va a ser muy fácil correr cuesta abajo.
Hablando se nos pasa el tiempo volando y por fin llegamos a San Bartolomé. El cura está asomado al balcón del primer cuerpo de la torre, y parece que tira algo al suelo. Corremos desesperados porque ya hay muchos otros que se apiñan justo debajo ¡y recogen los caramelos y pesetas! que el párroco arroja. Pero un momento... no puede ser, sale el diablo y va a por los niños que huyen dejando los tesoros en el suelo. El demonio con la plaza despejada entra de nuevo en la iglesia, y otra vez se asoma el cura, tirando más caramelos y pesetas.¡Esta es la mía!, he cogido por lo menos un duro que me suda en la mano y tres caramelos, y no agarro más porque de nuevo el griterío anuncia que el demonio ha vuelto a salir, me empuja un niño gordo y ruedo por el suelo. Me parece que estoy solo en el llano y el demonio me persigue escoba en mano, me ha dado en la espalda y me pica. La gente se ríe. No me extraña, con la mierda de cruz que tengo.
En la siguiente, ya estoy más preparado y consigo diez pesetas, aún a riesgo de que los otros me pisen las manos. Tengo por lo menos para dos paquetes de pipas.
Cuando al cura se le vacía la bolsa, el diablo sale dando escobazos y todos los niños corremos por las calles estrechas y retorcidas delante de él. Es como un encierro, pero en lugar de un toro nos persigue bramando el mismísimo demonio. El recorrido febril nos lleva hasta el Paseo, pero el diablo ya no nos acosa porque se ha metido en un bar. Pacientemente esperamos a que termine la ronda de vinos a que le invitan. ¿¡En todos las tabernas de la plaza¡?. Me aburro y me marcho al puesto de chucherías para gastarme el dinero. Entre unas cosas y otras el demonio salió del bar bastante perjudicado por los vinos, y mientras abro el segundo paquete de pipas me he dado cuenta de que he perdido la cruz hecha con palos de polo.
De vuelta a casa encontramos a un amigo de Feli. Está muy asustado: por lo visto, al segundo escobazo recibido le ha arrancado un trozo de ala al diablo. Le pido que me la deje, pero no quiere, la agarra con el puño cerrado. El tio tonto cree que se la voy a quitar. Nos dice que ahora está por el parque de Santa Lucia. Pero ya hemos tenido suficiente, regresamos a casa.
Mañana quemarán el rabo al diablo. En la Plaza se Santa María, al anochecer esparcirán paja por todo el suelo y después le prenderán fuego. Bailaremos entre las llamas porque el diablo se abrasa en el infierno.
Ahora abro los ojos y así es como lo recuerdo.

